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Eduard Punset: Marcados por la testosterona

18 de Diciembre de 2011

A veces, el legado milenario en forma de pauta cotidiana –mens sana in corpore sano– lo confirma la ciencia veinte siglos después. Hoy, la ciencia ha demostrado de mil maneras que la salud física es un requisito indispensable de la salud mental. Claro está que en ciencia nunca podemos olvidar que lo que es verdad de un promedio puede no serlo de un grupo de individuos; el grueso de los átomos puede ir lanzado en una dirección determinada, mientras que una corriente significativa de ellos va en dirección contraria.

Puede haber alguien con una salud de hierro que sea un perfecto idiota, pero no es lo normal. La ciencia moderna tiende a demostrar que los inventores de esa pauta –en ese caso, los romanos y antes que ellos los griegos de hace más de veinte siglos– tenían razón, aunque no pudieran probarlo. Por eso disfruto tanto viendo por las mañanas a jóvenes y mayores disfrazados de deportistas corriendo por la playa antes de ir al trabajo. Están disfrutando de que la ciencia les haya confirmado la tradición milenaria de que no pierden nada haciendo un poco de deporte antes de salir para el trabajo y de que pueden ganar mucho.

La investigación reciente también ha venido a confirmar las implicaciones de ciertos rasgos biológicos. Cuando se era un embrión en el vientre de la madre, se produjo una descarga hormonal que, en promedio, es responsable de que los varones nazcan con el dedo anular netamente más largo que el índice. Eso lo sabíamos desde hace unos cuantos años. Lo que no sabíamos, en cambio, es que los ejecutivos de Bolsa agraciados con ese rasgo genético ganan diez veces más dinero en su profesión que los ejecutivos sin señales de la descarga de testosterona.

No es extraño que la testosterona haya marcado a las personas afectadas por ella con un espíritu más agresivo, arriesgado y batallador que el resto. Todo lo anterior tiene lugar en un contexto, el actual, en el que la capacidad de alterar la biología heredada mediante el impacto de la experiencia individual abre posibilidades insospechadas de cambiar nuestra conducta sin necesidad de esperar interferencias potenciales debidas al conocimiento genómico. Es decir, antes de desvelar con conocimiento de causa los secretos de la genómica, ya podemos alterar la fisiología y estructura genética o cerebral recurriendo a la experiencia individual. Como dicen los genetistas, “es cierto que estamos programados, pero para ser únicos”.

Resulta, además, que ahora sabemos cuándo debe interferir la experiencia individual con la estructura genética o cerebral para ser eficaz. Para poder contar con jóvenes que estén dispuestos a profundizar en el conocimiento de los demás y en el amor del resto del mundo, para poder contar con mayores de edad que quieran empatizar con los demás y saber gestionar sus emociones deben aprenderlo entre los cuatro y los diez años, después de haber vivido una infancia en la que se les confirió la suficiente autoestima o sentimiento de seguridad, llenándolos de afecto.

¿El proceso necesario? Llenarlos de afecto en la cuna. Enseñarles a gestionar sus emociones después. Y darles luego las posibilidades de hacerlo. El resultado a nivel mundial es indiscutible: un declive de los niveles de violencia y un aumento de los niveles de empatía y altruismo. Empezamos a saber hoy lo que nos pasa por dentro, y por ello podremos decir lo opuesto de lo que mantenían nuestros abuelos: “Cualquier tiempo pasado fue peor”.

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Hecho con Juanfran Díaz