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Las “terapias de conversión” contra las personas LGTBI siguen ocurriendo en pleno 2021

8 de Febrero de 2021

Diversas entidades del colectivo LGBT denuncian la falta de reformas legales para erradicar unas prácticas que atentan contra la integridad y la salud mental de sus víctimas.

El 58% de personas LGTBI, de entre 13 y 24 años, confirma que alguna vez se les ha intentado convencer para que cambien su orientación sexual o identidad de género, según reporta la encuesta realizada en 2020 por The Trevor Project, sobre la salud mental de jóvenes LGTBI en Estados Unidos. Yendo más allá, un 10% de las 40.000 encuestadas aseguran haberse visto sometidas a “terapias de conversión”. Esto, lejos de ser un tema aislado, es una práctica que se sigue llevando a cabo en todo el mundo, de forma opaca y gozando de casi total impunidad por parte de sus perpetradores, a pesar de las secuelas que deja en la salud de las víctimas.

Las “terapias de conversión” son “prácticas destinadas a modificar la orientación sexual y/o expresión de género de las personas para acomodarlas a unos patrones cisheteronormativos”, explica Saúl Castro, fundador de la Asociación Española contra las Terapias de Conversión, creada para investigarlas y perseguirlas en España, además de encargarse de dar apoyo a sus víctimas. Ya de base, el propio concepto está en continuo debate, dado que denominarlas “terapias” supondría que las personas que las reciben tienen un problema diagnosticado que solucionar desde el respaldo médico, como si ser LGTBI fuese algo que debe ser sanado. Es por esto por lo que se recurre al entrecomillado o a utilizar las siglas ECOSIEG (Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual, Identidad o Expresión de Género).

“Me sentaban en una silla con una varilla metálica con una mano y me ataban otra al bíceps. Después, proyectaban una diapositiva donde aparecía una mujer desnuda. La siguiente imagen era un hombre en bañador y ahí había una ligera descarga eléctrica”

Estas pseudoterapias se vienen dando en todo el mundo desde hace décadas. “Lo que yo sufrí fueron terapias de aversión mediante electroshocks”, narra Jordi Griset, quien fue sometido a este tipo de prácticas durante los últimos años del franquismo, en el contexto de la Ley de vagos y maleantes, cuando tenía 20 años. “Me sentaban en una silla mientras sujetaba una varilla metálica con una mano y me ataban otra al bíceps. Después, proyectaban una diapositiva donde aparecía una mujer desnuda. Ahí no pasaba nada. La siguiente imagen era un hombre en bañador y ahí había una ligera descarga eléctrica de unos segundos, seguido de unos segundos de descanso y otros tantos de descarga. Así hasta que cambiaban de diapositiva. Alternaban imágenes de hombres y mujeres a la vez que las descargas eléctricas cada vez eran un poco más fuertes”.

Griset, quien ha salido en diversas ocasiones en medios audiovisuales para contar su historia y para hablar de los derechos LGTBI, explica que comenzó a asistir a estas sesiones cuando su madre descubrió unas notas donde explicaba cómo se sentía y donde reconocía que era gay. “Me llamó al trabajo llorando, fui corriendo a casa y acabamos los dos llorando, y yo convencido de que quería cambiar, que quería curarme y ser normal”. Aquello, como explica Griset, era una forma violenta de adoctrinamiento, “el adoctrinamiento que tanto nos dicen que hacemos los homosexuales”.

Esto, que ocurrió durante el franquismo, es algo que se sigue dando a día de hoy. En España no hay constancia de que se sigan realizando prácticas de electroshocks, pero en países como China, Irán, Malasia e Indonesia hay indicios de que aún se siguen llevando a cabo, según se desarrolla en el informe Promotores de las “terapias de conversión”

Hay tres enfoques distintos desde los cuales los perpetradores de las pseudoterapias argumentan que hay una necesidad en modificar la naturaleza de las víctimas a las que atienden, según explica Saúl Castro. “Estos tres argumentos, que a veces se suelen solapar y comparten prácticas, son el enfoque médico, el psicoterapéutico y el religioso”. En cuanto al médico, sus promotores entienden que las personas LGTBI tienen una disfunción biológica y congénita, por lo que creen que debe ser tratado médicamente, es decir, mediante medicamentos, como aquellos que tienen efecto de desinhibición de la líbido. Tal y como confirma el fundador de la asociación contra los ECOSIEG, este enfoque es el menos común, dado que imperan los otros dos.

Por una parte, la argumentación psicoterapéutica se basa en la idea de que la diversidad “no se produce por desórdenes genéticos, sino por experiencias traumáticas, estructuras familiares inestables o deficiencias educativas”, expone Castro. Por otra parte, el enfoque religioso se basa en códigos morales que aseguran que hay una “actitud” inherentemente mala o reprobable que debe volver a encauzarse. Estas dos perspectivas se suelen solapar, por lo que se realizan teorizaciones desde la psicoterapia más freudiana y desde la rama más conservadora de la moral cristiana.

“Tenía 17 años y estaba pasando por una mala racha. Entonces, mi grupo de la parroquia me propuso ir a hablar con ‘alguien que podía ayudarme’. Sin que yo lo supiese, terminé en una terapia de conversión”

“Tenía 17 años y estaba pasando por una mala racha. Entonces, mi grupo de la parroquia me propuso ir a hablar con ‘alguien que podía ayudarme’. Yo por aquel entonces tampoco me planteaba mi orientación sexual, pero, sin que yo lo supiese, terminé en una terapia de conversión”. Iván, de 24 años, cuenta su propia historia. Narra que fue a tan solo cuatro o cinco sesiones impartidas por un cargo del Pontificio Instituto Juan Pablo II, perteneciente a la Diócesis de Alcalá de Henares. Este instituto, conocido por su polémico Máster en Ciencias del Matrimonio y la Familia, cargado de tesis calificadas como homófobas y misóginas, se dedica a organizar este tipo de sesiones. “Esta señora me presentaba una teoría que afirmaba que las personas homosexuales han tenido traumas de abusos infantiles o la carencia de una figura masculina en la familia, por lo que, al no haber desarrollado su masculinidad, la buscan acostándose con otros hombres”, explica Iván. Según esa falsa teoría, “todo acto homosexual son relaciones de poder, como si fuesen violaciones consentidas y que, si eres maricón, de ahí hay un paso para ser un pedófilo”. Entonces, dado que se presenta un terreno nefasto si no dejas de ser homosexual, se plantea un futuro desolador. “A mí me chocó, por eso la quinta sesión fue la última a la que fui. Aunque me fui creyéndome todo lo que me dijeron”.

En cuanto a esto, Saúl Castro explica que estas teorías recogen los estudios sociológicos y médicos que relacionan a las personas LGTBI con mayores tasas de suicidio y otras conductas de riesgo, como el consumo de drogas, y en lugar de entenderlo como que la sociedad sigue siendo hostil para ellas, generando consecuencias dañinas, lo entienden como una relación de causalidad. “Es decir, entienden que ser homosexual genera problemas médicos”, aclara. Por otra parte, la ILGA de alerta que los perpetradores están utilizando técnicas de rebranding para presentar sus pseudoterapias desde un lenguaje más médico y comercial, con etiquetas como “coaching de identidad” o “procesos de reparación de personas”. No dejan de ser “terapias de conversión”.

Consecuencias en la salud de las víctimas

“Hasta ahora, los estudios que han salido fuera de España vienen a decir que el perfil de personas que asisten a los ECOSIEG son chicos, menores de edad cuando empiezan y provenientes de ambientes muy conservadores y religiosos”, dibuja Castro, quien asegura que este perfil se replica también dentro de España. Según el informe de The Trevor Project, sobre la salud mental de jóvenes LGTBI, es el círculo social más cercano de la víctima quienes alientan a asistir a estas pseudoterapias.

Estas prácticas dejan secuelas nocivas en las personas que las sufren, dado que las que son sus redes de apoyo más cercanas también son las que intentan que “revierta” su homosexualidad o su identificación como persona trans

En el primer lugar, esta coerción suele ser por parte de los padres, en un 35% de los casos, seguido por amigos (28%), otros familiares (22%) y cargos religiosos (14%), entre otros. Es por esto por lo que estas prácticas dejan secuelas nocivas en las personas que las sufren, dado que las que son sus redes de apoyo más cercanas también son las que intentan que “revierta” su homosexualidad o su identificación como persona trans. Por ello, uno de los sentimientos que desarrollan es de soledad e incomprensión.

Pero si vivir siendo una persona LGTBI en un terreno hostil para todo lo que se sale de la normatividad no es suficiente, las “terapias de conversión” añaden en sus víctimas unos efectos perjudiciales extra. “Cuando dejé las sesiones, yo seguía en mi diócesis, y tiempo después me seguían proponiendo ir a estas terapias, pero con un discurso más turbio”, narra Iván.

“Siempre te dejaban, sutilmente, la responsabilidad de actos horribles que yo podría cometer en un futuro. Es decir, me acusaban de ser un potencial pedófilo”

“Siempre te dejaban, sutilmente, la responsabilidad de actos horribles que yo podría cometer en un futuro. Es decir, me acusaban de ser un potencial pedófilo”. La imposibilidad de modificar la orientación sexual o la identidad de género es lo que llevaba a Iván a sentir que solo tenía dos opciones: “Me tocaba o vivir con el miedo constante de convertirme en un monstruo o, para que estemos todos más seguros, irme al Viaducto de Segovia y tirarme al vacío”.

El joven explica que el terreno que se le planteaba era uno en el cual, por ser homosexual, se iba a exponer a “violadores, monstruos sexuales que no saben controlar sus propios impulsos y que van a aprovecharse de ti y que, además, acabarás replicándolo para reafirmar tu masculinidad”. Estos miedos le afectaron en sus relaciones: “dudo mucho de las intenciones del resto de hombres, lo cual me ha llevado a tener relaciones tóxicas y a enfrentarme a ciertos riesgos, porque estas terapias te meten en la cabeza que, tarde o temprano, la homosexualidad te va a matar”. Añade que, a pesar de que a nivel racional sepa que no se va a convertir en ese monstruo, a nivel mental aún le cuesta asumirlo.

Según los datos, alrededor de un 28% de los jóvenes LGTBI de Estados Unidos que pasaron por terapias de conversión han intentado suicidarse

Respecto a esto, Castro argumenta que las personas que pasan por ECOSIEG están expuestas a mayor índice de depresión, sentimiento de culpa, impotencia, vergüenza, retraimiento social, consumo de sustancias, relaciones sexuales de riesgo, sentimiento de deshumanización, problemas de disfunción sexual, entre otros. Por otra parte, volviendo a la encuesta de The Trevor Project, las personas sometidas a “terapias de conversión” tiene el doble de probabilidades de cometer suicidio. Según los datos, alrededor de un 28% de los jóvenes LGTBI de Estados Unidos que pasaron por terapias de conversión han intentado suicidarse.

Territorio de impunidad legal para los perpetradores

La Asociación Española contra las Terapias de Conversión, además de dar apoyo a las víctimas, tanto legal como psicológico, busca acabar con la impunidad que reina en España, según explica su fundador. “Queremos participar en los procesos de las diferentes organizaciones internacionales para exponer que España no está cumpliendo con sus obligaciones en materia de Derechos Humanos a la hora de garantizarlos”. Actualmente, no hay leyes estatales que penalicen las “terapias de conversión”, solo autonómicas.

Con la Ley Estatal LGBTI aún en anteproyecto, que prevé la prohibición de ECOSIEG en su borrador, tan solo cinco comunidades autónomas atribuyen sanciones a la promoción y la práctica de estas pseudoterapias (Comunidad de Madrid, País Valencià, Andalucía, Aragón y Cantabria), además de prohibir realizarlo a cualquier sujeto privado, tenga o no consentimiento de la víctima. La sanción principal es una multa que ronda entre los 21.000 y los 120.000 euros. El resto de comunidades autónomas o no mencionan en sus leyes LGTBI las “terapias de conversión” o, si lo hacen, o son muy ambiguas o no se imponen sanciones. Por otra parte, Asturias, La Rioja, Castilla-La Mancha y Castilla y León, directamente no tienen ninguna ley específica para personas LGTB.

Aunque haya cinco comunidades autónomas que atribuyen sanciones, no son eficaces. En 2019, una “coach” que realizaba terapias contra la homosexualidad en Internet fue sancionada por la Comunidad de Madrid con una multa de 20.001 euros. La perpetradora de estas pseudoterapias (o “coaching de identidad”, según ella) lanzó una campaña de crowdfunding para pagar dicho dinero, la cual fue apoyada por una asociación española, famosa por difundir mensajes homófobos y transfobos impresos en su autobús naranja, quienes alegaban que las víctimas fueron a sus sesiones de forma voluntaria. Esto último genera un debate alrededor de la idea de si hay voluntariedad real tras someter a una persona a una continua coerción para convencerla de que tiene “algo que arreglar”. A día de hoy, la “coach” sigue lucrándose haciendo cursos online para prevenir la homosexualidad en niños.

Urgencia de movilización por unos derechos silenciados

“No es que quede mucho por hacer, es que aún tenemos que empezar. Hace falta un trabajo pedagógico brutal para crear conciencia pública de denuncia y de rechazo que no permita a los perpetradores campar a sus anchas”, denuncia Castro, quien alerta de la necesidad de que las instituciones garanticen e investiguen estas prácticas. El panorama que sufren miles de personas alrededor del mundo no tiene la suficiente visibilidad, ni siquiera dentro del propio colectivo LGTBI, como afirma el fundador de la asociación contra los ECOSIEG. “Muchas de las asociaciones LGTBI se ponen en contacto con las víctimas y les ofrecen asesoramiento legal y psicológico, pero no pueden hacer mucho más”, lamenta, en referencia a la falta de unas reformas legales que combatan esto de forma efectiva.

“No es que quede mucho por hacer, es que aún tenemos que empezar. Hace falta un trabajo pedagógico brutal para crear conciencia pública de denuncia y de rechazo que no permita a los perpetradores campar a sus anchas”

Estas pseudoterapias, lejos de lograr modificar la orientación sexual o la identidad de género de las víctimas, genera un sentimiento muy profundo de soledad en unas personas que encuentran dificultades para salir de ese bucle, dada la carencia de figuras de apoyo que no sean cómplices de estas “terapias de conversión”. A día de hoy, Iván cuenta que se siente desarraigado de lo que durante tantos años había sido su hogar, la Diócesis de Alcalá.

“Tuve que abandonarlo de aquellas maneras, pero por otra parte he descubierto que el mundo exterior es una cosa divertidísima”, confirma. “No están esos monstruos tan terribles que me vendieron que tenían que venir”. A pesar de ello, Iván lamenta el mal sabor de boca por todo el daño causado y porque, a día de hoy, aún tiene que recordarse de vez en cuando que todo aquello que le vendieron era falso. “Es urgente confrontar todo esto para que no vaya a más, que se elimine. Esto no puede quedar así, están en juego muchas vidas”.

Jordi Griset, quien sufrió “terapias” de electroshocks durante el franquismo, explica que para lo único que le sirvieron fue para reafirmarse como homosexual. “Quienes pasamos por esto nos hemos dado cuenta de que esta es nuestra naturaleza y que, al formar parte de quiénes somos, estar luchando toda tu vida contra la corriente es agotador”, afirma, quien alerta de la importancia de colaborar para luchar contra estas pseudoterapias basadas en la LGTBfobia. “La razón principal por la que cuento todo mi historia es porque quiero que quede constancia en el futuro, no quiero que se repita todo por lo que yo pasé”. En su caso, también reivindica la necesidad de que las “terapias de conversión” tengan la visibilidad que a día de hoy no tienen porque, como confirma Jordi, “si no lo cuentas, parece que no existe”.

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Hecho con Juanfran Díaz