No tienes que demostrar nada

Juanfran Díaz
24 de Abril de 2021

Hace un tiempo escribía una carta a la exigencia, ejercicio catártico para reconciliarme con dicha cualidad. Para mí la “Exigencia” ha sido motor de cambio, medio de comunicación y una vía para relacionarme, exigente conmigo y con los demás. Me encuentro con otros hombres que se comparten desde sus “Exigencia” propias y lo que no sabemos todavía es el enorme precio que pagaremos por convivir, compartirnos y relacionarnos desde este patrón interiorizado. Muchos hombres están en una constante demostración de lo que valen, sirven, saben, hacen, follan, consiguen o son, y no son conscientes de que no tienen que demostrar nada.

Cuando tienes que demostrar lo hombre que eres

“¡Sé un hombre!”, “¡demuestra quién eres!”, “como llores te pego”, “¿a que no tienes huevos?”, “que no me entere yo que suspendes”, “voy a hacer de ti un hombre”, “¡jajajaja estás llorando como un mariquita!”, “es la última vez que me haces avergonzarme de ti”... ¿Te suena alguna de estas frases?

Los hombres crecemos en entornos de exigencia constante:

  • competir con los amigos (“¿A que no eres capaz de subir a ese árbol?”),
  • cuantificar las habilidades (“Yo aguanto más tiempo debajo del agua sin respirar que tú”),
  • alcanzar los retos impuestos (“Debes estudiar duro si quieres ser algo en la vida”),
  • destacar sobre los demás (“Que sepas que tengo 20 «me gusta» en mi foto y todos son de chicas, alguna la conoces...”).

Son algunos ejemplos del tipo de situaciones y mansajes que hemos vivido y recibido, con un aspecto del que no hemos sido conscientes: detrás de estas situaciones y mensajes subyace la exigencia como energía que los motiva, ya sea una exigencia desde el exterior, de los padres, los amigos, los profesores... o interna, propia.
Y, a medida que se repiten éstas y otras situaciones similares, así como estos mensajes que nos llegan, la exigencia se consolida en nuestra estructura como una forma de desenvolvernos con el entorno y el mundo.


“El club de los poetas muertos” de Peter Weir

Por supuesto, todos queremos ser amados, reconocidos, vistos y respetados. Y entramos en estas dinámicas con la creencia inconsciente de que cumpliendo estas exigencias vamos a obtener este amor y respeto. Por eso hacemos lo que hacemos: competir, cuantificar, alcanzar, destacar... demostrar. Es este un modelo de cumplir las expectativas ajenas, asumido desde la infancia, fijado en la adolescencia y que se mantiene el resto de la vida en automático, hasta que pongamos consciencia en ello.

En la etapa adulta, esta demostración de lo que eres capaz de hacer o conseguir toma otros matices más relevantes y con más peso, es como si tus palabras y tus actos tuviesen más impacto. Cuando no somos conscientes aún de este modelo que se mantiene en automático las consecuencias pueden ser dramáticas:


“Bully” de Larry Clark

Los modelos que nos presentan en los medios de masas favorecen aún más esta exigencia: desde James Bond a Lobezno o Capitán América pasando por John McClane, Ethan Hunt, Capitan James T. Kirk o incluso Luke Skywalker. En ellos se encuentran frases y actos motivados desde esta “Exigencia” de demostrar que son realmente hombres, por su fuerza, su astucia, su atractivo o sus habilidades.

La tiranía de la “Exigencia”

De jóvenes recibimos todos estos mensajes y pudimos asumirlos como propios, instaurando en el interior este modelo automatizado como recurso para afrontar la vida. Pero esta “Exigencia” tiene un precio, y nos pasará la factura tarde o temprano.

El coste más elevado de la “Exigencia” como la estoy planteando es el desgasto físico, mental y emocional. Requiere mucha energía y mucha atención, pues ser exigente y demostrar que se es hombre constantemente requiere de:

  • un alto perfeccionismo sobre uno mismo (el aspecto, el trabajo, la forma de hablar y moverse, los éxitos),
  • no tolerar los errores (vividos con culpa y castigo, con dureza),
  • no aceptar los fracasos (vividos como catastróficos de los que no se puede pasar página),
  • estar en constante alerta (para poner en marcha el despliegue demostrativo),
  • competir con todos (cualquiera puede ser un desafío a superar),
  • competir consigo mismo (si alcanza una excelencia, pone la atención en ir más allá aún),
  • ansiedad, baja autoestima, depresión, impaciencia, pesimismo.


“La chaqueta metálica” de Stanley Kubrick

No todos los hombres son exigentes y no todos los hombres exigentes cumplen todas estas premisas. Pero si atendemos a lo que se entiende por “demostrar que eres un hombre” quizás puedas recordar a tu padre diciéndote precisamente esta misma frase cuando llorabas. Desde aquí lo que es “ser hombre” implica ser fuerte, líder, dominante, seguro, exitoso, viril... Un hombre no llora, no se deja pisotear, no titubea, no pierde, no es engañado, no siente nada por otro hombre, no pide ayuda... Toda una serie de adjetivos y atributos que comparten el origen en este modelo de demostración que se nutre de la “Exigencia”.

Es como si no pudiéramos relajarnos en ningún momento, incluso cuando estamos solos la “Exigencia” está, para dar cuenta a nuestros “maestros” que nos han inculcado esta constante preocupación por si somos hombres o no. Y los “maestros”, que podrán ser tus padres, tus amigos, tu sacerdote, tus profesores... quizá ya ni estén vivos, pero como si una cámara oculta te vigilase, te desenvuelves desde este modelo.

Un modelo que, como ya supondrás, no permite todo aquéllo que no entra en este “ser hombre”: vulnerabilidad, sensibilidad, compasión, bondad, cooperación, generosidad... Somos esclavos de la “Exigencia” para ocultar estas cualidades que nos han hecho sentir que no forman parte del hombre y para promover otros atributos que tú sientes que no forman parte de ti en esencia.

Del “macho” al hombre

Finalizo este artículo aludiendo a las propias palabras de cinco hombres que han pasado por un proceso terapéutico donde han encontrado en sí mismos motivos de peso para empezar a dejar a un lado este modelo descrito e incorporar hábitos más afectivos, maduros y realistas:

— “Me doy cuenta de cómo he criado a mi hijo, con mucha dureza. Creía que así era mejor padre y que es lo que él necesitaba. Ahora lleva tiempo sin hablarme y no soy nadie para él. Me arrepiento tanto de haberlo hecho así... pero es lo que hicieron conmigo, y lo he perdido.”

— “Estoy cansado, me he esforzado toda mi puta vida para traer dinero a casa, que mis hijos y mi mujer no les faltara de nada, no he tenido vicios. Ahora que son mayores pasan de mí, son muy desagradecidos. Y mi mujer... mejor ni hablo. Me siento muy vacío.”

— “¡Claro que soy un machito! Me he pasado toda mi vida currando, me tiraba a las que quería, tenía pasta y me la gastaba en farlopa, siempre fumando, era todo muy loco... yo era un loco. Hasta que me dijeron que tenía epoc (enfermedad pulmonar obstructiva crónica).”

— “Es lo mejor que me ha pasado, venir aquí y contar con vosotros. Estaba aterrado, porque siempre se han reído de mí, y me esforzaba para que nunca más ocurriera, y vosotros sóis grandes ...me siento comprendido, no tengo que hacer nada más.”

— “Mis padres querían que fuera médico, como ellos. Yo me rebelaba y, bueno, ahora soy profesor, pero no me gusta nada, me aburre y me agota. Creo que lo hice para fastidiarles, estaba muy controlado en casa y no me dejaban respirar.”

Testimonios anónimos del coste tan elevado que implica el estar demostrando la masculinidad, como si de esto dependiera ser hombre. A más locuras, temeridades, riesgos y agresiones adoptes más macho eres. ¿En serio? El camino para ser un hombre de verdad pasa por dejar este prototipo del “macho” que tiene que demostrar todo el rato quién es:

  1. Evita cualquier conducta que vaya en contra de tu integridad física, mental o emocional, ámate en tu totalidad.
  2. Toma consciencia de tus propias habilidades sin entrar en competencia con nadie ni contigo.
  3. Acepta que puedes cometer errores en la vida, pues no siempre tendrás todas las respuestas y soluciones.
  4. Aprende de tus fracasos tratándolos como una oportunidad para mejorar si realmente lo deseas, no como imposición.
  5. Descubre quién te ama de verdad tal y como eres, y quién te acepta solo si cumples sus expectativas sobre ti.
  6. Tienes derecho a marcar tus propios límites sin que nadie deba coaccionarte y forzarte a nada que vaya en contra tuyo o de tus valores.
  7. Has venido a este mundo a ser y desarrollarte, no a satisfacer las expectativas de los demás.
  8. Distingue entre el perfeccionismo dedicado y meticuloso y el perfeccionismo neurótico.
  9. Acepta cualquier limitación, impedimento o resistencia que exista en ti sin forzarte desde la dureza.
  10. Relaja tu afán de tenerlo todo controlado intentando fluir y disfrutar de lo que surge ante ti.

Con estas pautas acompaña tu proceso con toda tu vulnerabilidad, tus sentimientos tiernos y tu visión propia de lo que quieres ser, como hombre y como ser humano.

Recuerda: no tienes que demostrar nada.

Soy Juanfran Díaz, un hombre en el camino del autoconocimiento, un explorador de las emociones y la energía humana. Desde 2011 acompaño a hombres conscientes en su propio descubrimiento, como terapeuta y analista bioenergético.

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